domingo, noviembre 20, 2005

Preludio de un sueño.

Mood: Hey, Jude, don't make it bad. Take a sad song and make it better.
Playing: Miles Davis & Ella Fitzgerald - Prelude to a Kiss

Los finales se parecen tanto. Fin de año.

El preludio de la vida. De la mía. Siguen los teloneros, cantando. Es cierto que la gente está impaciente. ¿Realmente lo están? Pocas cosas me recuerdan más a los fines de año que la musica que se escucha lejos. ¿La conocen? Es difícil explicar, lo se. Pero es siempre la misma escena: buscando un lugar donde dejarme para ir a esa fiesta a la que no llego nunca. No encuentro ningún lugar. Entonces me conformo con ver de lejos las luces y escuchar la música ahogada. Con ese tono que adquieren las melodías cuando se sienten ajenas. Se permanece la espera; con desgano y ansia. La espera se siente. El preludio de mi episodio; pienso siempre lo mismo cuando voy a las fiestas a las que no me invitan. Rostros que parecen iguales y música cansada. "People are strange, when you're a stranger". El fin del preludio podría ser una esquina, un café, un libro. Una película, un rostro, una persona. Una equivocación. Lo que sea. Con tal de terminar con la espera.

Me suena eso de preludio. Me da la chiripiolca con palabras. Con personas o más bien con trozos de canciones. "This is our last dance, this is ourselves under pressure", o "son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos". Me guardo un poco en ellas a ver que pasa. Por eso, cuando alguien me reconoce en alguno de aquellos fragmentos, que colecciono y guardo con paranoia y esperanza, escondido, no puedo evitar sentirme descubierto. Un tanto frágil y tonto. Es necesario sentir miedo. De que alguien ocupe el mismo lugar. Porque estar solo, rodeado de personas, es siempre una buena excusa. Sirve para pasar el rato. Pero luego, se agota.

Diana Krall suena en mi cabeza hoy. Ayer era Ella Fitzgerald. Me pretendo ligero y me imagino como será volver a jugar hasta romperme las rodillas. “Corazon con vocación de rodilla!” vociferé a unos cuantos feligreses, amigos y no tanto. Me respondieron “puta que hablas weas carlos”. Claro que sí. Tienen razón. Extraño eso y comer pan con palta a cinco centimetros del televisor.

Esperar a Nicolini con fervor de acólito, al siniestro fantasma Blé, al enigmatico Tongas y ver “Exito” con el Pollo Fuentes mientras la nana terminaba de hacer aseo. Armar sueños con lego aunque siempre me faltase una pieza. A todos mis legos siempre les faltaba una pieza; o me la comía o se perdía detras del tele. Todo terminaba ahí, en la tele o en el patio que cambiaba de alfombra en promedio cada 2 años. Cuando todo parecía tan presente y mi entonces anónima miopía daba a todo un dejo de inmortalidad. Hoy dependo de mis anteojos; parece que hasta durmiera con ellos. Ya no me gusta ver todo tan difuso, aunque la miopía migró a mis decisiones. A veces, en vigilia, vuelvo a ver todo así. Todo brumoso y distante; todo era presente. La liebre escolar que me dejaba en el colegio, donde una vez vomité, parece tan lejana. La extraño a veces; a pesar de que la odiaba cuando aquel. Los pantalones rotos y las 8 de la noche, hora insuficiente, en la que volvían del trabajo, mis papás. ¿Estará mi vieja cosiendo rodilleras color café a mis pantalones en la madrugada? Seguramente. Hoy necesito esas rodilleras.

Que ganas de volver a andar en bicicleta. Esa naranja que siempre perdía aire. Aunque fuera siempre en las dos calles que me dejaban. O en la siempre atemporal villa militar. Andaba por el barrio pisando las almendras del vecino. De vez en cuando era caca de perro, evidentemente. Una vez me mordió uno, el brazo, y dejé de salir. Aunque volví, tiempo después, opté por no cruzar la calle. Y así, al final, me quedé en mi patio. Me atacaba el asma y se acababan las festividades. Un siempre noble justificativo médico me salvaba de saltar como hamster en celo en las clases de gimnasia. De lejos, se veía, el circo al que nunca fuí; nunca me gustaron los circos. Aunque sí sus las luces. Que anunciaban novedades, que te anunciaban a ti.

“Y hoy, porque no?” Me (grita) dice la publicidad de Valdivieso, ubicada en Rancagua con Bustamante. Y porqué no mañana. O pasado. Agacho la cabeza, al menos, por unos instantes. Con verguenza

Entendí algo más de amor, recuerdo, cuando ví Robotech. Sí, la serie americano-japonesa que se vió por la tele chilena. Rick Hunter, el zopenco papanatas adolescente que volaba en naves espaciales, se queda con Lisa y no con Minmei la mocosa-pop cantante. Lo ví; pero no lo entendí. Creo que hoy entiendo un poco más. Claro, se queda con Lisa la mujer ruda, mayorcita ella, pero decidida, sexy, intelectual y caída al litro. Sí, cuando se bajoneaba se tomaba sus copetes. “¿Como será eso?” Pensaba. Hoy ya ni tomo (ja), ¿para qué? Si me curo tan rápido. Elige a Lisa y no a Minmei, la niña malcriada y errática. Lógico que, a primera vista, parecía más atractiva. Pero es de aquellas que sabes bien que llegará el silencio incomodo que los hará cómplices. Vale la pena Lisa. Siempre.

Pie plano. Si hubiesen plantillas para enderezar la ansiedad, probablemente hoy caminaría mejor. No puedo evitar la molestia al caminar. Pero no se trata un dolor pseudo-redentor estilo Machado “caminante no hay camino se hace camino al andar”. Es aquel, de saberse caminando siempre por los mismos lugares. Lugares comunes. “Cambiar todo, para que todo siga igual”, se lee bien el Gatopardo. Sería feliz si cada año nuevo fuese un día común. Sin celebraciones. Sin grandes deseos. Nada más angustiante que verse hacia atrás. Y no ver nada.

Ya casi no hay noches en que pueda verse el eje que las une con el día. Ese que buscaba Huidobro. Casi no las hay. Aún quedan.

Y siguen tocando los de siempre. El preludio continúa a pesar de mis esfuerzos. En serio, me esfuerzo. Al menos ya se ríen un poco, lo cual no es malo. Voy a clases, ya no a misa. Pago escolar y ahora vuelvo a comprar helados centella que, gracias al divino, venden en el quick deli frente a periodismo. Y volvieron a 150 pesos. Al menos pude recuperar eso. ¿Y el resto? Al resto.

¿Que mierda es eso de que “en las relaciones, soy la mina”? Es un decir. Basta ya. Nunca he tenido eso que llaman “relación”. Nada más que eso; no es peyorativo. Ojalá y fuese así y tuviese la mínima decisión de aquellas, las mujeres, para llegar al final. Ser definitivo, como ellas. Ojalá y no tuviere que inventarme demonios y duendes de barba verde democratacristianos para ahuyentarme un poco de la gente que quiero.

Intuyo días distintos. Como no, si de otra forma eloquecería. Sería un verdadero orate. Un loco de mente. Un demente. Con gorrito de aluza foil en la cabeza para que no me lean los pensamientos los soviéticos.

Anoche no salí. Casi nunca salgo, a decir verdad. Pero terminado el show, me largué decidido. Vuelvo a pasar por la lengua de neón esa, de Valdivieso. La ignoro y contesto mi celular: “¡A la casa de la maca, weon!” me increpaba e invitaba un sabio y gran amigo. Le escuché atento y me excusé. “Estoy resfriado”. Siempre. Y tengo calor. Nada peor en verano. Casi tan contraproducente como enamorarse comiendo una ensalada a la chilena. Bah, a quien engaño. Nunca es oportuno eso; enamorarse, como convencionalmente le llaman al calambre del sentimiento. Parezco una mala canción de Sabina, como diría mi amigo el ilustre.

Llegué, 23.30. Mi mamá me había guardado un sandwich del tip tap. Un chacarero con ají verde. Me lo como solo, en la cocina. Lo acompaño con una cerveza, paceña. Mientras, leo un par de revistas viejas. “El Sabado” con sus eternos encasillamientos sociales estilo “los nuevos chilenos y la televisión” o “la nueva mujer post-moderna liberada del yugo del preservativo ” o mejor aún “los nuevos mocosos y sus preferencias sexuales”. Que onda, resulta que cierro los ojos un segundo y el resto va de cama en cama. ¿Que me perdí? Nada más intruso y exótico para mí. Confirmo mi percepción: no tengo nada de ellos. Pero los tengo; a ellos. Me río un rato con la ironía de Liberty Valance y con los deja vú de Consuelo Aldunate en la Ya. Termino, dejo los platos y me indican dulcemente “¡coloca la alama!”

Vuelo a la tele, porque no tengo sueño pero si estoy cansado. Y aparte de infomerciales, erótica checoslovaca previsible, un bob esponja cobarde que guarda en un cajón sus sentimientos por Arenita, tarántulas gigantes comiéndose osos, un recuento de los 101 cambios de look mas shockeantes del espectáculo (mención aparte merecen Cindy Lauper y Paula Abdul) y un japo-argentino haciendo sushi, encuentro a Michael Douglas contando de su vida en departamento compartido con Danny DeVito. Si, “Inside the Actor’s Studio” con James Lipton por Film and Arts. Luego, las 10 mejores frases de la historia del cine del AFI (American Film Institute). Rescato una, de Dorothy en The Wizard of Oz: "Toto, I've got a feeling we're not in Kansas anymore" (Toto, me parece que ya no estamos en Kansas)

Los he visto cientos de veces, esos programas. Me engaño un poco pensando en que podrían tener otro final. Pero se me agota la imaginación y voy viendo que ya es hora de dejar la revista de programación de hace 3 años.

Los he visto demasiado.

Ahora, yo también tengo la impresión de que ya no estoy en Kansas.

Todo repetido. El resto está en otra.

Un poco como mi programación.



Merci et à bientôt


PS 1: Lamento un post tan extenso. Admito la lata de leerlo entero. Son demasiadas cosas dando vueltas.


PS 2: Lo sé. Debería estar estudiando para mis exámenes.

miércoles, noviembre 09, 2005

Si nos alcanza; el sol.

Mood: Dans mes artères coule la Seine. Playing: Javiera Mena - Sol de Invierno

Mi papá siempre espera al sol. Aunque muchas sean las ocasiones en que no sale para nadie. Incluso con su forma de ver las cosas; la vida. Siempre le dicen “pesimista” a mi viejo. Pero lo conocen poco.

Pocos entienden bien mi relación con ese hombre. No entienden, mis amigos, que recurra a él cuando me mareo, desconfio y me bajoneo. Ni que compartamos gustos musicales u opiniones sobre el amor. Tampoco que lo considere mi amigo y que nos peleemos como hermanos.

Hay periodos en los que casi no hablo, con mi viejo. Porque todos tienen cosas que hacer; los adultos y quienes tienen que serlo. Pero siempre tenemos un silencio para ponernos al día. En las mañanas de la semana me voy con él, en su automóvil, a la universidad. La mayor parte de los días trabaja en el centro y me deja en Curicó con Portugal, mi viejo. De ahí son 3 canciones hasta casa central. Una hasta la sala y otras 3 hasta que llega el profesor. 8.30 am.

Esas mañanas, en el auto, hablamos y no decimos nada. Siempre habrán "días que nos caen encima" como una amiga escribió hace un tiempo. Y somos ciertos que su habitualidad se confunde con la rutina. Días en lo que no tiene que pasar nada y en el que vamos sin expectativa alguna. Que tener 50 o 20 años no es más que una estadística fatalista y no esconde ni pesadumbre ni optimismo. Esperar la llamada que no llega nunca.

Entonces conversamos, con mi viejo.

Eso no lo entiende (casi) nadie. De música, política, amistad. Del pasado que nos dejó antes, de un presente que se esconde intolerante y un futuro que no es más que una anécdota. De dios, jazz y amor. De la tele o de canciones que no recordamos el nombre. De la nostalgia y de la familia. De idioteces, errores. Humor negro. Lo bueno, lo malo, lo feo. De todo y de nada, como una canción de Calamaro. Pero me hacen falta esas conversaciones. No me es facil renunciar a ellas sin perder algo importante de mí.

Nos parecemos con mi viejo. Como dicen tanto eso de que los hijos se terminan pareciendo a sus padres. Desde chico me he sentido sobreprotegido, con lo bueno y malo que ello tiene. Nunca he tenido grandes apuros ni preocupaciones; no he corrido grandes peligros. No me he quebrado nunca un hueso; aunque bueno, eso es más bien por cobardía personal. Pero ha sido la reacción lógica ante un juego que cambiaba de fichas y tablero en promedio cada 2 años. Su nómade trabajo. Nuevos colegios, nueva ciudad, nuevos amigos. Sonreir y esperar. Me convertí en 3 tipos de persona distinta; fuí pseudolider, perdedor, amante frustrado y libertario. Gané y perdí muchos amigos.

Pero siempre estuvieron (están) las conversaciones.

Así hubo momentos malos. Uno muy malo para mi viejo. Hace no mucho; hace bastante. Que lo hizo cerrar un poco más los ojos; engancharse más en el pasado y creer menos en la gente. Tiene los ojos mas chicos ahora, dicen. Lo acompañé con las conversaciones. Pensaba, que tal vez lo contagiaba con mi falso optimismo. Con mi fama de “chistoso” y “alegre”; esa que a veces quisiera botar; olvidar, reiniciar. Y conversábamos con mi viejo. A veces de todo y a veces de lo que no hacíamos y que la gente esperaba que hiciesemos. De los que decepcionamos y del regreso a Paris.

No muchos entienden que ocurre. Pienso que habrá el momento en que ya las conversaciones sean menores o más distanciadas. Cambiarán los temas, claro. Porque de eso se trata, me han contado. Uno crece y se va de los papás para ser otro con otras personas. De renunciar a unos y aceptar a otros, dicen.

En ese momento; época mala de mi viejo, recuerdo que las conversaciones disminuyeron. Se fueron. Cambiaron.

Me dí cuenta cuando dejó de fijarse en la salida del sol.

Bajamos por Bilbao siempre. Con el sol en la espalda; hay épocas del año en que el sol aparece en Américo Vespucio. Otras en Manuel Montt. En Vicuña Mackenna y otras recíen cuando me bajo en la esquina de Curicó con Portugal. Es una de sus fascinaciones; nunca falta a ese comentario. Puntual, como es. Casi como una muletilla encubierta, un juego muy personal, de mi viejo.

- “Mira donde va saliendo ahora, mira donde nos encuentra” - me dice mi viejo.

No sé bien que responderle, la verdad. Miraba y veía el sol como siempre. No me llamaba la atención algo que se ve tanto y que siempre vuelve. Que avanza a mis espaldas.

Momentos difíciles; todo el mundo tiene problemas. De esos en que llorar está de más, porque apenas puedes dormir. Me empecé a fijar en esas cosas que la gente dice cuando pasan los camiones. Que no se escuchan. Como lo de mi viejo y el sol que bajaba por las calles. Me fijé entonces, que aún después de bajarme del auto y llegar a la universidad no alcanzaba a ver el sol. Bajaba por las grandes calles, el sol; pero no me llegaba. No me alcanzaba.

Un día no fuí a clases. Varios días seguidos. Para ver donde me alcanzaba el sol.

Porque en la casa central de la cato hay demasiados edificios y no se alcanza a ver nada. Uno al lado de otro: periodismo, medicina, biología, la clinica, las torres, derecho, etc. No me dejan ver nada. Además que soy mas bien bajo; no me alcanza, el sol.

Así que no entré a clases y me senté en una escalera, larga. Escuchaba musica sin escuchar nada y pretendía leer unos apuntes de derecho civil para que no se me acercaran. Ocupado. Y a eso de las 10 y algo apareció. Como de reojo, el sol. En las ventanas en que se refleja el resto, ahora se veían fragmentos de un resplandor agradable. Obligaba a cerrar los ojos. Ellos también se sentaron en las escaleras para que los alcanzara. Me acordé de mi viejo y su lenguaje siempre engañoso, melancólico. Tan nuestro, que nadie entiende. Y que hoy volvió a recordar.

- Mira donde nos alcanza.

Siempre.

Siempre nos alcanza el sol.




Merci et à bientôt